Una vena azul se dibujó en las sienes de Julio y la serenidad de su semblante desapareció por algunos segundos.
—¿Aceptas la apuesta? insistió Muñoz. Yo voy a que del mismo modo angélico puede mirarte a ti, a Castilla y a todo el mundo. Sí, no tiene importancia alguna ese modo de mirar. No hagas caso, es indecible su maldad; hay en ella un demonio disfrazado, un demonio que a veces parece divino, pero que no lo es. Volviendo al corazón mismo de nuestro asunto, debo decirte que no me habló ella nunca de las Aliaga, de esa familia que tú idealizas. Adriana no las conoce, eso debe ser broma tuya. ¿Y hace tiempo que vienes aquí, a esta casa?
—He venido dos o tres veces, a lo sumo.
—¡Ah! Ya estoy dudando de la misma Charito. Dos o tres veces... ¿Para qué te invitan? Hubiese preferido que vinieras desde hace años... porque entonces estaría seguro de que la conoces en su maldad íntegra, y que ya la desprecias ahora. Yo soy el único que debe sufrir la condenación de quererla a pesar de todo... Es una muchacha digna de que se la maldiga.
Siguió un silencio largo. Muñoz, después de titubear visiblemente, durante algunos segundos, le exigió, en forma muy categórica, su opinión sobre Adriana. Y luego que Julio expresó, tranquilamente, una idea opuesta a la suya, se irritó sobremanera. Discutieron. Julio terminó pidiéndole disculpa de no poder compartir una sola de las apreciaciones hechas por su amigo.
—¡Qué quieres! Cabalmente me parece Adriana el tipo de esas muy exquisitas mujeres porteñas que nadie conoce, finamente disfrazadas de superficialidad, pero mucho más sutiles que las mujeres de otros países. Hasta la maldad resulta en ellas una pura apariencia, un velo necesario para ocultar la preciosa alma incomprendida. Sin embargo esta alma asoma, como a pesar suyo, en cierto hechizo discreto... ¿No confiesas tú mismo que Adriana suele hacerte la impresión de un demonio divino? Piensa un poco...
—En fin—le interrumpió Muñoz—¿qué me aconsejas?
Hizo esta pregunta clavándole una fría mirada. Julio tuvo un gesto vago y se levantó.
—Nada te aconsejo. Pero yo, si en ella no sintiera algo acorde con la pasión mía, creo que desistiría.
—No, no quieras decirme nada. Desprecio tu consejo... ¡La que no dejará entrar a otra mujer en tu corazón es Adriana!