Ni la escuchaba Charito. Afligida, preocupada, comprendía que cambiar los sentimientos de Adriana era ya extraordinariamente difícil. Al mismo tiempo aumentaba en su corazón la animadversión contra Julio. Y acercándose vivamente a Muñoz:

—Quiero hablarle con sinceridad, exclamó, a usted, a mi mejor amigo, para quien jamás tendría una doblez. ¿Es o no verdad que soy su amiga más buena y más leal?

—Sí, ya lo sé, Charito, respondió Muñoz haciendo un esfuerzo para sobreponerse a la indiferencia que le abrumaba.

—Y bueno, prosiguió ella con tono conmovido—yo nunca he comprendido esa pasión suya por Adriana.

—Pero, Charito, ¡si ella es monísima! intervino Lucía.

—Tú no sabes lo que hablas. ¡No es una muchacha que merezca tanto! Aparte de su cara bonita todo en ella es coquetería y apariencia.

—Al contrario, Charito, Adriana es un encanto en todo sentido.

—¡Ah! No vaya usted a suponer, Muñoz, que quiero hablarle mal de Adriana; es una amiga de la infancia, y no le niego, por ejemplo, mucha inteligencia natural, y un espíritu cultivado. Pero tiene defectos fatales. Yo no creo que ella pueda ser garantía de felicidad para un hombre noble como usted. No es mujer para el hogar. Cuando una muchacha tiene ciertas ideas, cierto instinto de libertad y... vamos, el modo de ser y la volubilidad de sentimientos que usted le conoce tan bien como yo... No nos engañemos, Muñoz; ella es coqueta por temperamento, incapaz de constancia, llena de caprichos y con una imaginación enteramente fantástica.

—Ya, la familia fantástica, dijo Muñoz, sin que Charito, llevada por el calor de sus palabras, advirtiese la interrupción.

—No, Muñoz, yo no comprendo que se pueda querer así, ciegamente, y sobre todo no veo afinidad ninguna entre ella y usted. Son dos espíritus no sólo distintos sino casi opuestos, que no podrían comprenderse nunca. Usted se engaña, se engaña. Todo lo que hay en usted de recto, de bueno, lo tiene ella de inconsciente, de voluble... o de qué sé yo... Porque le repito que no quiero hablarle mal de ella.