—¡Pero no haces otra cosa, Charito! exclamó Lucía.
—¡No! No hablo mal de ella, digo lo que es, sin censurarla. Yo tampoco soy una santa.
—Entonces no exageres así. Si nos pusiéramos a comparar ¿qué dirías de mí?
—Es muy distinto. No hay maldad en las cosas tuyas y en ella sí.
—Tampoco en Adriana. Una engaña como la pueden engañar a una. Las palabras de amor se aceptan sin calcular, sin exigir demasiado ni reclamar apasionamientos, y sin saber, muchas veces, si a una la quieren o si una quiere. Hay un claroscuro del sentimiento que tú no conoces, y donde pueden ocultarse el júbilo y las lágrimas. Porque en todo este juego, los ratos felices y las horas desdichadas se compensan; y sabiendo jugar, hasta la misma pena suele dejar en la memoria una dulzura...
El continuo velo de malicia había caído de su cara y hablaba con una seriedad graciosísima. Iba a seguir, pero advirtiendo de pronto que Charito y Muñoz tenían los ojos fijos en ella, escuchándola, se ruborizó como una criatura; y echándose a reír, volvió a recatarse bajo su amable expresión habitual.
—Ya les estaba dando toda una conferencia sobre el amor, pero fue por Adriana, por disculparla y por disculparme yo también. Creo que Charito es con ella demasiado severa... Fuera de Muñoz, (agregó para halagar a éste), a nadie hace caso, estoy segura, porque su "flirt" con Castilla no tuvo importancia. Y Julio parece un simple amigo.
—¡Ah, sin importancia, su "flirt" con Castilla! Yo no quería mencionarlo a Castilla, pero en realidad cuando se piensa que él festejaba a Raquel y que Adriana no tuvo escrúpulos para hacerse festejar por él...
—No creo, Charito.
—Porque no la conoces.