—Al contrario. Y la imagino hasta mejor que yo, más idealista y que todo lo hace por exceso de idealismo...

—No sabes lo que dices, Lucía. Adriana es muy farsante, y yo le hablo así a Muñoz por la primera vez, para despertarlo, porque sufre de una alucinación. ¡Ah, si él supiera cómo se desvanecen después todas las apariencias con que la mujer sabe cubrirse, para interesar a los hombres, para desconcertarlos, y para hacer que poco a poco se engañen completamente! Y esto lo he pensado, Muñoz, no solamente ahora, sino hasta cuando ella se moría por usted.

—Nunca me pareció que se moría por mí, repuso Muñoz. Al contrario, Charito, ni cuando decía quererme.

—¡Porque ella todo lo calcula! Y en su afán de rarezas, hasta suele disimular su cariño, ese cariño que ella empieza a sentir por cualquiera, pero que se le va con la misma facilidad. Hace poco tiempo usted era el único que realmente había sabido, según ella, despertarle amor. Es cierto que lo mismo le oí decir en ocasión de otro festejo...

Ahora Charito inventaba, atribuía a su amiga palabras que no le había oído nunca, o transformaba las cosas en el sentido que mejor convenía a su demostración. Sus escrúpulos desaparecían por la idea de consultar el interés de Muñoz.

—Yo creo, concluyó, que usted mismo se ha fomentado esta pasión. Porque ni siquiera la comprendería si usted se hubiese dejado seducir y alucinar por la simple belleza física.

Muñoz miró a Charito atentamente.

—Y ella ¿está enamorada de Julio, ahora?

—No lo creo, no puede Adriana enamorarse, no es capaz de enamorarse.

Él insistió.