—¿Pero le demuestra algo, al menos?

—¡Ah, seguramente! No se concibe que ella converse con un mozo sin coquetearle.

Una expresión de sufrimiento alteró las facciones de Muñoz.

—¡Cómo debe quererla, el pobre! murmuró Lucía al oído de Charito. Y dirigiéndose a él:—Adriana puede volver a quererlo, y en todo caso, de no quererlo Adriana, no ha de faltarle otra. Cualquiera que usted festeje lo querrá... Nadie podría ser feliz si tomara las cosas como usted las toma y si no pudiera, en ocasiones, cambiar de cariño, cuando no hay otro remedio. Sea razonable, Muñoz.

Hubiera sido difícil decir si era ternura o simple piedad lo que temblaba en la caricia de su actitud insinuante, dulce. Acaso se había ya desvanecido su repentina veleidad por Julio, ante este muchacho abatido por desdicha de amor, y que parecía necesitar tanto de un fino consuelo.

—Y no hay otro remedio, efectivamente,—murmuró él sumido ahora en una vaguedad de inconsciencia.—Pero no me resigno. ¿Qué puedo hacer, Lucía? ¿Qué puedo hacer?

Lucía, sin contestar en seguida, le sugirió con naturalidad:

—Y... quiérame a mí...

XV

Siguió atormentando a Muñoz el ansia de volverla a ver. Todo lo demás eran ideas y sentimientos que se desvanecían sobre una gran sensación de vacío. Recordó que había empezado la temporada de ópera y que posiblemente estaría Adriana esa noche en el teatro.