—Tengo que darte una explicación, le dijo, y pedirte otra. Yo no estaba en antecedentes de nada, ¿sabes? Lo supe ayer, por casualidad. Pero vamos, no tomes las cosas por el lado heroico.
Se interrumpió un instante, porque mientras hablaba buscaba atraer la atención de una niña que le había mirado de soslayo, desde un palco próximo, llamativamente vestida de verde y con un gran "aigrette" blanco en la cabeza.—Es decir, continuó, no pude imaginarme que darías importancia a la cosa. Tú comprendes que Adriana...
—Sí, ya sé, otro día hablaremos, le interrumpió Muñoz, herido no tanto por el tema que abordaba Castilla, sino por oírle pronunciar el nombre de Adriana. Experimentó una impresión casi tan desagradable como en casa de Charito cuando le vio cortejarla y tan atrevidamente acariciarle la mano. Un odio físico le sublevó.
—¡Qué cara has puesto, Muñoz! Si te ofendí te pido me disculpes... Pero no negarás que ella es coqueta. Sería una lástima, realmente, que te dejaras envolver por Adriana. Indudablemente es un lindo tipo de mujer, pero no pierdas la cabeza. A propósito, la vi en la primera función de la temporada; desde entonces no ha vuelto a venir.
Muñoz, a punto de contestarle despectivamente, se retuvo al oír la noticia; y por la sola posibilidad de que aquella charla de Castilla pudiera revelarle cualquier circunstancia referente a ella, le siguió escuchando.
—A mí, en realidad, no me gustan las muchachas como Adriana, prosiguió Castilla.
Con todos sus desdeñosos alardes, debía quedarle un resquemor, porque acompañó dicha frase con un brusco movimiento de hombros y cierto gesto que le contraía los labios y daba a su rostro una expresión desagradable. Habitualmente perdía así la elegancia de la actitud y la distinción del rostro en cuanto le dominaba un estado de pasión; la verdadera mezquindad de su ser se traslucía.
Pero habiéndose vuelto hacia el palco próximo, encontró puestos en él los ojos de la niña: su rostro se dulcificó instantáneamente, a tiempo que se rehacía toda la elegancia de su apostura. Al notar que ahora Muñoz le escuchaba con atención, prosiguió su charla.
—Lo que es al casamiento no iría uno con Adriana ni a cañón, esto lo convendrás conmigo. Aunque en realidad, hoy por hoy, con la libertad que se deja a nuestras niñas y con tanta perversión como hay en las costumbres, las peores suelen ser esas que más apariencia tienen de ingenuas y de buenas. Oye: hoy no podemos estar seguros ni de la virtud de nuestras hermanas. Es deplorable lo que pasa en lo referente al nuevo criterio moral de la sociedad porteña... No te extrañe oírme filosofar acerca de los vicios sociales. Muchos me tienen por un tarambana, ya sé, pero precisamente si tengo veintiocho años y no he concluido todavía la Facultad, es porque me atrae y me interesa, más que los libros, más que los Códigos, la vida misma. ¡Lo que yo veo, lo que yo aprendo en la observación del mundo! Tal vez un día escriba algo... No creas, tengo pensado un estudio sobre la evolución de la sociedad argentina; será un golpe de maza. ¿Sabes lo que me propongo demostrar? Que si no se pone remedio al avance de los vicios y a la inmoralidad que están creciendo, la sociedad argentina se va al hoyo. ¡Al hoyo! ¡Si hay niñas que ya tienen "garçonnière"!
Nuevamente asomó a su cara una expresión violenta y desagradable.