—La sociedad se irá al hoyo, murmuró Muñoz, cuando todo el mundo proceda con tu falta de escrúpulos y con tu falta de honor.
Castilla le miró sorprendido, como quien recibe de improviso una injuria completamente inmotivada.
—Hijo, repuso, la inmoralidad mía nada tiene que ver con la inmoralidad social. Y pasando a cosas menos serias, ¿no sabes que la tonadillera se ha casado? Tú fuiste muy tonto.
Empezaba la orquesta el preludio del tercer acto y apagaron las luces. Castilla miró una vez más, con atrevimiento, a la niña del palco. Pero como Muñoz se retiraba, sin saludarle, le retuvo en el pasillo.
—Oye, tú sabes que con todos mis defectos una cualidad no me falta: la franqueza. Yo quisiera darte un consejo bien sincero sobre Adriana. No lo tomes a mal ni supongas que pueda guardarle rencor... Al contrario, me ha hecho pasar buenos momentos, me ha mirado con ojos dulces... en fin, yo no podría quejarme...
—¿No puedes quejarte?—dijo Muñoz, los ojos llameantes y un impulso de echarle las manos al cuello. Sentía que Castilla estaba groseramente mintiendo.
—Pero precisamente, continuó Castilla titubeando sobre lo que iba a decir,—precisamente no pretendo que abandones el campo, de ningún modo. Ya te dije que Adriana me parece un soberbio tipo de mujer. Ha de ser una niña de aventuras, como hay tantas ahora, en nuestra sociedad. Mi consejo tiende sólo a prevenirte contra la posibilidad de que pudieras meterte de tal modo en este lío...
No pudo proseguir, porque Muñoz, en voz baja, descompuesta por la rabia contenida, le interrumpió:
—¡Óyeme! Ella será lo que quieras, pero tú has de empezar a decir vilezas sobre Adriana, ¿me oyes?... cuando te hayas hecho digno, como un perro...
Quiso agregar algún insulto atroz, pero la misma sobreexcitación le impidió proferir otra palabra. Su amigo, más admirado que ofendido, le miró alejarse y rehusar al salir, con un gesto violento, la contraseña que un empleado intentó entregarle.