—¿Está usted segura, Charito, de que Adriana vendrá?

—¡Qué obsesión con Adriana! Sí vendrá. Pero escuche. ¿Quiere que le dé un consejo? Cuando llegue Adriana, usted dedíquese a Lucía. Debe venir también un mozo que ha empezado a festejarme, a mí; y entonces, si yo me pongo a conversar con él y usted con Lucía, Adriana no tendrá más remedio que "planchar".

Todo lo iba hablando Charito sin advertir que Muñoz se había puesto pálido a las primeras palabras. Le costaba creer que Adriana vendría. Se la representó avanzando entre los fieles arrodillados, alzada hacia el altar su cara ligeramente atónita, bajo el ancho sombrero.

Había ella adquirido para su pensamiento un prestigio inasequible.

—¡Pero Muñoz, Muñoz, aquí está Lucía!—exclamó Charito,—¡salúdela!

Se levantó sorprendido, confuso, ante la joven que le miraba con su gesto de amable curiosidad.

En ese momento apareció Adriana.

Cuando vio a Muñoz se entristeció, le tendió la mano casi con timidez. Sus ojos expresaban dulzura y seriedad.

Lucía caminó rápidamente hacia ella.

—¡Qué bonita estás!—exclamó contemplándola con admiración.