—De mí, de mí.

—¡Oh, Adriana!, exclamó Carmen tomándole los brazos como pasmada de asombro. ¿En media hora te has enamorado de José Luis?

—¡Tonta!—exclamó Laura, cada vez más animada y con un modo que en ella no era natural,—Adriana no podría enamorarse nunca de un muchacho como José Luis, tan pura espuma como él es. Pero empezó a sospechar, sí, a sospechar en serio, muy en serio, que yo me estaba enamorando de Julio. ¡Y se había puesto celosa! ¡Qué alma más buena, más delicada! Tal vez estaría dispuesta, por un arranque de bondad absurda, a dejarme el campo libre. Ojalá la hubieras visto hace un rato, después que me sacó de allí con tanto misterio, cuando me preguntó confidencialmente si yo lo quería a Julio. Se puso blanca como un papel.

Calló repentinamente y en seguida empezó a reír, a reír de veras.

—¡Cómo estás colorada!—observó Camucha.

—Mejor, así ya no tendrán pretexto para llevarme a la estancia.

Se aplicó el dorso de la mano a una y otra mejilla y volvió a reír. Parecía realmente divertida con los celos de Adriana.

Aunque todas aquellas manifestaciones eran raras en su carácter de ordinario sereno y dulce, Adriana no pudo advertir, por el momento, nada de anormal. No cabía en sí de júbilo. Miraba desvanecerse una preocupación, un ligero fantasma que había flotado fugitivo, impreciso y como poniéndose siempre a sus espaldas, para no ser visto...

XVIII

—¿Sabe, Muñoz, quién vendrá? Adriana. ¡Qué coincidencia! En este momento iba a mandarle avisar a usted. Al fin se realizará la gran entrevista. Pero lo peor—y se lo digo con el corazón en la mano—sería para usted reanudar... ¡Qué miedo tengo de que ella le haga una escena romántica para no cortar del todo con usted! Es una muchacha que goza con hacer sufrir. ¡Lucía! ¡Lucía! No quiere oír que la llamo. Supo que usted venía y ya no concluye de arreglarse. ¿Por qué no la festeja, Muñoz? Es linda y buena. Festéjela, por lo menos durante algún tiempo. Ella sabe hacer olvidar.