Adriana con ardiente alegría acarició a Laura, contemplándola.
—¡Ah, qué alivio! ¿Sabes lo que se me había ocurrido, la sospecha que había empezado a atormentarme?
—No, Adriana, no puedo imaginarlo.
—¿Ni siquiera imaginarlo? ¡Oh! ¡cómo he podido crearme un motivo de tormento que no existe! Pensé que podrías haberte enamorado de... de Julio.
—¿De Julio?
—Sí, de Julio.
—¡Qué idea! Un amigo tan leal, tan bueno, que con nosotras congenia tanto, se diría casi un hermano nuestro. Y tú sabes que viene aquí hace años. ¿Cómo se te ocurre que Camucha no me hubiera dado bromas con él, alguna vez?
Y Laura llamó a gritos:—¡Camucha! ¡Camucha! ¡Pero que no venga Zoraida, ni nadie, sino Camucha!
Y alegremente declaró a su hermana que Adriana tenía celos.
—¿Adriana celosa? ¿Celosa de quién?