—¿Que sufre por mí?

Todas aquellas palabras de Adriana le impresionaban de un modo inaudito. Tenían algo desconocido, ardiente, y Muñoz sentía la proximidad de una explicación realmente definitiva.

—¿Que usted sufre por mí?

Y esta idea de que ella por él sufría, se agrandó en su imaginación desmesuradamente, llenándole por un instante de júbilo insensato. Creía soñar.

—Sí, Muñoz, continuó ella vacilante y como si realizara un gran esfuerzo para decidirse a pronunciar cada frase. Sufro mucho, daría no sé qué si pudiera borrar las perversidades que tuve con usted. ¡Dios mío! Si siempre hubiese sido leal... Porque yo, ahora, quiero a otro.

Se detuvo bruscamente, desolada, arrepentida de aquella confesión a que la había arrastrado un ardiente deseo de sinceridad. Muñoz palideció de nuevo, la mirada llena de espanto.

Hubo un silencio largo.

—¿Usted quiere a otro?...—pronunció él con voz lenta.

Ella hizo ahora un signo negativo, pero ninguna palabra salió de sus labios. En el silencio llegaban frases sueltas de la conversación de Charito y Lucía, en el saloncito contiguo.

—Sí, usted quiere a otro, a Julio.