—Escúcheme...
—Sí, a Julio, ya lo sé, lo siento.
—Escúcheme, repitió ella con modo afectuoso, casi tierno,—yo no merezco su cariño... Yo, Muñoz...
—Ah, esta será la escenita romántica, interrumpió él con una sonrisa de sarcasmo.
—Yo no puedo querer, ahí está toda la complicación, todo lo indescifrable. No busque otra causa. No es verdad que yo quiera a otro...
—¡No es verdad que quiere a Julio!
—No, no, continuó ella cada vez más agitada. Si le dije que quiero a otro ha sido... no sé, porque soy mala y necesito mentir a cada paso. Durante toda mi vida mentiré. Soy una coqueta vulgar. Engañar, para mí, ha venido a ser algo así como una necesidad. No guarde sobre mí ninguna ilusión. ¡Habrá tantas que puedan quererlo! Yo soy mala, he nacido y seré siempre mala. La coquetería es algo más fuerte que mi voluntad. Tal vez Charito le haya dicho ya que soy incapaz de hacer feliz a un hombre.
Se detuvo un momento, presa de una alteración cada vez más visible, y llamó gritando a Charito. Esta y Lucía acudieron asustadas.—Dime, Charito, ¿no es cierto que soy mala? ¿Te parece que soy capaz de un amor realmente puro, te parece que soy capaz de constancia? Sé sincera, Charito, no te quedes callada. Confiesa que yo no podría hacer la dicha de un hombre inteligente y bueno como Muñoz. Confiésalo, por favor. No quieres decirlo, pero te pones colorada. Sí, ya sé que por lealtad amistosa le has ocultado esto que tú no puedes dejar de pensar. Pero es preciso decir la verdad alguna vez. La verdad es santa. Si yo a Muñoz no lo quiero es porque soy mala, perdida para todo cariño verdadero. ¡Hay tantas mejores que yo! Lucía misma, sí, Lucía. A mí déjeme, no piense más en mí, abandóneme. No soy digna de que nadie, no, nadie, ponga su cariño en mí.
Y decía todo esto con un ardiente deseo de que él se desilusionara y dejara de sufrir.
Muñoz la miraba atónito. Apenas entendía aquellas frases precipitadas y llenas de emoción. Resonaban extrañamente en sus oídos y le aterraba en ellas un sentido oculto, impenetrable.