Al mismo tiempo atendía a la expresión y a la actitud de Adriana. Y Lucía y Charito también la contemplaban suspensas. No quedaba en su cara vestigio de la antigua gracia inquietante. Una hermosura nueva la revestía, maravillosamente, y bajo las sombras de sus pestañas brillaba la piedad.
De pronto, con el gesto de una criatura a quien reprenden, se cubrió con los brazos la cara y salió, precipitadamente. Charito se sentó al lado de Muñoz, descorazonada.
Un minuto después, en el penoso silencio, se oyeron gemidos ahogados que venían del saloncito contiguo. Era Adriana que sollozaba.
XIX
Iba a inaugurarse la nueva sección del Asilo de Nueva Pompeya. Charito pidió a Julio que asistiera a la ceremonia y procurase llevar también algunos amigos. ¿No era lamentable que los jóvenes inteligentes demostraran, en su mayoría, ese despego ahora tan general para las cosas del culto y hasta el mal gusto, a veces, de hacer ironías con la religión? Esto se lo pedía, pues, con un especial interés.
Adriana escuchaba.
—Comienza por avisarle,—intervino Lucía Moreno,—que también Adriana irá.
—No, a mí me ve todos los días, pero debe ir por la religión y por el encanto de Nueva Pompeya. Su iglesia se ve desde el tren como una miniatura. ¡Qué alegría, Julio! ¡Si usted supiera lo que me trae a la memoria!
Y evocaba la tarde en que llegara a la ciudad murmurando los versos melancólicos de "Christine" y la iglesia de Nueva Pompeya flotó suspensa en la lejanía de la sombra violácea.
—Y nos pondremos de rodillas, Lucía, en esa iglesia. Lo he soñado.