Preguntó a Julio si había estado alguna vez en Nueva Pompeya.
—Sí, el año pasado. Después de una semana de lluvias, el Riachuelo se había desbordado. Vi la inundación. Aquello es un arrabal de gentes muy pobres, que viven en ranchos o en casitas hechas casi todas con planchas de cinc y pintadas de verde y de rojo. Estas desaparecían bajo la llanura de agua; sólo asomaban algunos techos, que se iban poco a poco achicando. Por una calle más alta, que ya se había inundado también, navegaba una canoa, larga y chata; traía hombres y mujeres casi desnudos, salvados por marineros de la Prefectura. Iban echados sobre fardos de ropa y miraban mudos la llanura de agua que se perdía hacia la campaña del sur. Aquella escena, en un silencio mortal, hacía la impresión del diluvio bíblico.
—¿Y la iglesia?—preguntó Adriana.
—La iglesia, edificada en esa calle algo más alta, parecía por contraste una construcción enorme, una catedral. Y se tenía la impresión de que sobrenadaba, como un milagro. El agua corría ya por el pavimento del atrio, muy mansa, y lamía las paredes laterales. Algunos centímetros más y la creciente invadiría el interior de la iglesia. Estaba abierta de par en par, salía el olor del incienso quemado en la misa que oficiaban para conjurar el desastre. Pasó por delante la embarcación larga y chata; sus tripulantes vieron por un segundo el fondo de la iglesia, y brillar y desaparecer el altar cuajado de cirios.
La llanura de agua copiaba invertida la fachada del templo. Sobre la gran quietud vibró la campana en lo alto. Parecía una queja. El sonido se expandió, muy dulcemente, y cada vibración, resbalando del campanario, iba a besar la superficie del agua tranquila.
—¡Es como si lo estuviera viendo!—exclamó Lucía.
Adriana, después de escuchar algo que Charito le dijo en voz baja, se acercó a Julio:
—Nosotras iremos mañana a Nueva Pompeya para la primera misa.
—¿Como a las siete, entonces?
—Sí, pero naturalmente usted no irá tan temprano.