Adriana, diciendo esto, retuvo a Raquel y leyeron juntas una carta que le habían traído de Muñoz. Le anunciaba su intención de irse al campo, por una temporada muy larga. "Hágame saber, concluía, si podrá recibirme en su casa. Es una súplica; en caso de no obtener contestación iré a casa de Charito, de todos modos, esta noche, por si usted resuelve hacerme la caridad de atender algunas últimas palabras mías".
—¡Pobre muchacho!—suspiró Raquel.—Pero tú no debes ir, porque sería alentarlo.
—No, no iré; no podría ir.
Y Adriana, entristecida, se cubrió la cara con las manos. Pero luego, tomando la carta se puso a romperla, lentamente, en pedacitos que echaba al suelo, uno por uno. Y su lástima se desvanecía en la sensación de su dicha.
Recordando que no habían convenido con Julio dónde se verían esa tarde, decidió ir a casa de las Aliaga. Acaso Julio estaba allí. Por otra parte, la anemia de Laura le había dejado una penosa preocupación. La recibió Carmen con aire muy alegre; pero esquivando su mirada parecía reprimir con trabajo las ganas de reír.
—José Luis, dijo al fin, viene ahora casi todos los días, ¿sabes?
La alegría iluminó también la cara de Adriana. Carmen comenzó entonces a reír con todas sus ganas.
—¿Se ha reconciliado con Laura?
—No, ¿por qué se te ocurre eso?
—Si dices que viene ahora todos los días...