Subieron. El diario estaba allí, sobre la mesita escritorio; Laura había olvidado guardarlo.
—¡Qué casualidad divina!—exclamó Carmen; y en seguida, ávidamente, se dispuso a leerlo. Adriana se sentó junto a ella, pero sus manos temblaban. En las hojas de aquel ancho cuaderno de satinadas tapas negras, presentía una dolorosa revelación.
En tanto Laura, recordando vagamente que había dejado el diario en la mesita, bajaba la escalera del vestíbulo. Pero se paró, indecisa, como retenida por una preocupación. Los hermosos ojos se quedaron mirando el vacío, con aquel su modo de juntar la negrura de las pupilas con la negrura de las pestañas. En su cara se habían afilado las líneas de la nariz, las sienes acusaban finamente el rasgo de las venas azules. Parecía una cara tallada en marfil.
Abajo el pesado péndulo del reloj llenaba la amplitud del vestíbulo con un ruidito inquieto, triste.
Laura siguió bajando. Pero cuando ya se dirigía a su habitación, donde hubiera sorprendido a las lectoras de su diario, oyó sonar el timbre de la puerta de calle. Entró Julio.
No cambió la mirada de Laura.
—¿Quiere subir ya? Algo enferma está hoy abuelita. ¿Por qué tantos días sin venir?
Y su voz, arrastrando ligeramente las sílabas, tenía un dejo resignado, manso.
Se sentaron.
—Usted también está enferma—murmuró Julio. Y mientras la iba observando, el sufrimiento de Laura se comunicaba a su semblante.