—Ahora, Laura, usted me habla con ese modo de intimidad que me gustaba tanto... en las raras veces que usted me la concedía... Pero por la pena de verla tan delgada y con esa carita de enferma, no puedo hacerme toda la ilusión de que la amistad antigua continúa.
—Es por otra cosa que no puede hacerse la ilusión. Pero no importa, me parece divino que hablemos encerrados los dos en la reminiscencia de esa intimidad antigua.
Un brillo de febril alegría animó en un relámpago los ojos de Laura.
—¿Acaso ya no somos los mismos?
—Yo sí, Julio.
—No hablemos con enigmas. Usted cree, Laura, que mi amor por Adriana...
—¿Su amor por Adriana? ¡Ah! Usted anda despistado. Está imaginando cosas que no tienen ningún fundamento. Nada hay de lo que usted sospecha. Así, es inútil que me hable con ese modito de lástima.
—¿Pero qué sospeché yo? Le pido, le suplico que me hable con sencillez.
—No puedo hablarle con sencillez.
—¿Yo sospeché?...