—La sencillez sería el silencio, y por demasiado tiempo he hablado en esa forma. También tiene su atractivo hablar complicadamente. Porque todo cansa, Julio, hasta la poesía del silencio. ¿Cómo le gusto más? ¿Silenciosa o habladora? Créame que estoy azorada y que me desconozco. No me soñé nunca semejante conversación. No haga caso, Julio. Hablo así por la alegría de volver a conversar con usted.
—Y sin embargo desea, me lo ha dicho, que llegue Adriana.
—¡Y usted también, Julio! Usted más que yo... Si llega, no la dejaremos subir. Nos quedaremos aquí, los tres, conversando sinceramente, hasta confesar la intimidad más íntima de nuestros corazones. Le propongo una cosa que será muy original: repetirle a ella hasta la última palabra de nuestro diálogo, y después decir todo lo que pensamos y todo lo que sospechamos. Será divino. Y entonces ya verá usted que sospechó mal... Si "eso" fuera cierto, ¿se imagina que yo se lo hubiera dejado adivinar nunca?
—¿Adivinar que usted pudiera quererme?
Laura, sorprendida por la inesperada pregunta, bajó los ojos y se puso a reír; sus mejillas se habían coloreado.
—"Eso" sería un secreto mío que no podría sospechar usted nunca, suponiendo que fuese cierto.
—¿Y no es cierto?
—Claro que no, Julio.
Y Laura, excitada, embellecía extraordinariamente. Sus ojos arrojaban un brillo cada vez más febril.
—¡Laura! llamó Zoraida desde arriba.