—¿Qué quieres, Zoraida?—preguntó ella con tono de júbilo.
—¿Con quién estás?
—Con Julio. Ya iremos.
Luego, subiendo la escalera, su rostro recobró la calma, y dijo a Julio en voz baja:—Ya ve usted que no hay motivos para sufrir, ni usted ni yo. Ha sido una suerte que Zoraida llamase... He pasado unos días de pena muy íntima, tanto que tal vez hubiese concluido por desahogarme, por decirle toda la verdad... Que lo quiero como a un hermano... o todavía más que a un hermano.
Ya llegaban. Se paró:—Por eso voy a pedirle una cosa, un favor... escuche, no entremos todavía. No dejen pasar tanto tiempo sin venir, usted y Adriana. Y cuando se casen... no nos olviden tampoco, vengan siempre, vengan, por favor. Prométalo que vendrán, por lo menos en los primeros meses...
Y Julio, mudo, la contemplaba con un asombro triste.
XXI
Carmen apoyó las manos sobre las páginas abiertas del diario de Laura, para impedir que Adriana leyera ante todo, como pretendía, algo de las páginas últimas.
—Por favor, Carmen, sólo tres líneas, para sacarme la curiosidad de lo que ha pensado ahora, sobre la vuelta de José Luis...
De pronto se arrepintió de haber venido ese día.