Voz hombre

¡Pues dígale usté que recuerdos y que hasta pasao mañana!

(Se hace un corto silencio y sale don Antonio por la puerta izquierda, despeinado, como hombre que acaba de echarse de la cama. Viste pantalón, camiseta, americana, chanclas y un pañuelo al cuello, todo viejo y raído.)

Antonio

Le he oído gritar al señor Dimas, el cantero, que son las ocho. Y sí lo serán, porque ese es el Longines de la casa, ¡Caramba, las ocho ya! ¡Me he dormido como un tronco!... En cambio, la niña, ¡pobrecita!, se conoce que ha velado, pero, al fin, la rindió el sueño. (Se acerca.) ¡Duerme como un angelito! (Abre la ventana. Entra una luz radiante.) Me dijo que la despertase a las siete. ¡Cómo me va a regañar! Por algo quiere la pobrecita, un despertador; pero como no puedo comprárselo, me he comprometido yo a hacer ese oficio... Ahora, que lo hago con una falta de puntualidad, que es para darme un puntapié en la esfera. En fin, vamos a despertarla. (Se acerca a Leonorcita y trata de imitar, durante un breve instante, la vibración del timbre de un despertador.) Rrrrrrrrrrrrrrrrr...

Leonor

(Despertando sobresaltada.) ¡Ay!... (Mirándole.) ¡Papá, tú!... ¿Pero qué hora es?

Antonio

Las ocho, hija.

Leonor