Marc.
Un funchimbool.
Num.
No sé cómo se llama, pero como a cada puñetazo la pelota oscila de un modo terrible y la habitación retiembla, yo me digo: ¡Dios mío, si le confieso la verdad y se ciega y me da a mí uno de esos en el balón, (Por la cabeza.) pasado mañana estoy prestando servicio en el Purgatorio!
Marc.
No, hombre, no, por Dios... Ten ánimo, no te apures.
Num.
Sí, no te apures, pero el compromiso va creciendo y esos miserables burlándose de mí. ¡Maldita sea!...
Marc.
¡Ah!, oye; lo que te aconsejo es que te moderes, porque Gonzalo me acaba de preguntar que por qué le has dado dos puntapiés a Picavea en el vestíbulo, y no he sabido qué decirle.