Usted sabe, don Marcelino, que yo pertenezco al Guasa-Club, misterioso y secreto Katipunán formado por toda la gente joven y bullanguera del Casino, para auxiliarnos en nuestras aventuras galantes, para fomentar francachelas y jolgorios y para organizar bromas, chirigotas y tomaduras de pelo de todas clases. Como nos hemos constituído imitando esas sociedades secretas de películas, nos reunimos con antifaz y nos escribimos con signos.
Marc.
Sí, alguna noticia tenía yo de esas bromas, pero vamos...
Pic.
Pues bien, a Numeriano Galán y a mí nos gustó Solita a un tiempo mismo y empezamos a hacerla el amor los dos. Yo, como él no es socio del Guasa-Club, denuncié al tribunal secreto su rivalidad para que me lo quitaran de enmedio, y a la noche siguiente Galán encontró clavada con un espetón de ensartar riñones, en la cabecera de su cama, una orden para que renunciara a esa mujer; no hizo caso y se burló de la amenaza, y en consecuencia ha sido condenado a una broma tan tremenda que si nos sale bien, no solo abandonará a Solita, dejándome el campo libre, sino que tendrá que huir de la ciudad renunciando hasta su destino de oficial de Correos; no le digo a usted más.
Marc.
¡Demontre! ¿y qué broma es esa?
Pic.
No puedo decirla, pero dentro de unos instantes y en esta misma habitación, verá usted a Galán debatirse lloroso, angustiado e indefenso en la tela de araña que le ha tejido el Guasa-Club y lo comprenderá usted todo.
Marc.