Gonz.

Abrázame, Marcelino. (Se abrazan efusivamente.) ¿No has notado desde que traspuse esos umbrales que un júbilo radiante me rebosa del alma?

Marc.

¿Pero qué te sucede para esa satisfacción?

Gonz.

¡Ah, mi querido amigo, un fausto suceso llena mi casa de alegres presagios de ventura!

Marc.

¿Pues qué ocurre?

Gonz.

Tú, Marcelino, conoces mejor que nadie este amor, qué digo amor, esta adoración inmensa que siento por esa noble criatura llena de bondad y de perfecciones que Dios me dió por hermana.