Marc.
Sé cuánto quieres a Florita.
Gonz.
¡Oh, no!, no puedes imaginarlo, porque en este amor fraternal se han fundido para mí todos los amores de la vida. De muy niños quedamos huérfanos. Comprendí que Dios me confiaba la custodia de aquel tesoro y a ella me consagré por entero; y la quise como padre, como hermano, como preceptor, como amigo; y desde entonces, día tras día, con una abnegación y una solicitud maternales, velo su sueño, adivino sus caprichos, calmo sus dolores, alivio sus inquietudes y soporto sus puerilidades, porque claro, una juventud defraudada produce acritudes e impertinencias muy explicables. Pues bien, Marcelino, mi único dolor, mi único tormento era ver que pasaban los años y que Florita no encontraba un hombre... un hombre, que estimando los tesoros de su belleza y de su bondad en lo que valen, quisiera recoger de su corazón todo el caudal de amor y de ternura que brota de él. ¡Pero al fin, Marcelino, cuando yo ya había perdido las esperanzas... ese hombre...!
Marc.
¿Qué?
Gonz.
¡Ese hombre ha llegado!
(Galán se asoma por la izquierda con cara de terror.)
Marc.