(Suplicante.) ¡Piedad, señor!
Pepe
Cálmese usted, señorita, cálmense ustedes, siéntense y tengan la bondad de decirme cuáles son sus desdichas y cómo puedo yo remediarlas. (Se sientan.)
D. Sabino
Caballero, soy el médico de este pueblo, me deben mis honorarios de siete años. Ayer mañana fui con otros dos hombres de bien a elevar una protesta a casa de ese fariseo. Mis compañeros ya están en la cárcel, yo temo correr la misma suerte. Por eso vengo a implorar auxilio y protección de usted, que en estos instantes es aquí autoridad suprema como Delegado del Gobierno.
Pepe
(¡Caracoles! ¿Y cómo le digo yo a este pobre señor?)... ¿Pero usted es realmente enemigo del alcalde?
D. Sabino
¡Yo qué he de ser!... Yo no soy enemigo de nadie, señor; pero como yo no he tolerado que mi asistencia a los enfermos esté mediatizada por los caprichos políticos de un bárbaro, me llama su enemigo y me persigue, y no me paga, y quiere hundirme en la miseria y en la desesperación, o quizá lanzarme al crimen... Por eso solicito el auxilio de usted. Tengo miedo. Quiero irme, irme pronto. Antes que permanecer aquí, prefiero morir de hambre en la cuneta de una carretera. Después de todo, esto coronaría gloriosamente el martirio de una vida consagrada a la humanidad y a la ciencia en un país de ingratos. (Llora.)
M.ª Teresa