También. Me lo dio en la rotonda, en la rotonda de mi casa. ¡Mamá dormitaba, yo confieme, el incitome... y al fin, imprimiómelo! ¡Cuánto adorele! Pero, ¡oh funesta coincidencia! también el mío, como el tuyo, desapareció un día súbitamente.
Cristina
¿Es posible?
Eduarda
Lo que oyes. Y a poco averigüé, aterrada..., que no se llamaba Rigoberto, sino Exuperio, que lo de los Piñones era una superchería y que lo único que tenía de militar era la licencia absoluta y un gorro de cuartel.
Cristina
¡Qué horror!
Eduarda
¡Qué horror y qué sacrilegio!
Cristina