Balbino.—A ver. He visto bostezar a Catalino y he dicho las doce y cuarto y nos hemos venío pa acá en busca del lunche. (Descarga el serón con las verduras y lo pone junto a la taberna y le coloca al burro en el cuello el saco del pienso.)
Rosa.—Siempre estás de güen humor, hijo.
Balbino.—¿Yo? Yo no. El que es feliz es mi socio. Aquí lo tié usté; tié tres cargos, cuadrúpedo, industrial y verdulero, pus entavía le queda tiempo pa sus asuntos particulares con una burra vecina. Místelo; nos queremos como hermanos. Hace cinco años que nos hemos juntao bajo la razón social de Balbino Verdolaga y Compañía, y menos en las algarrobas en tóo lo demás vamos a medias; pues aún no hemos tenío el más ligero disgusto. ¿Qué le falta a este burro pa ser una persona?... ¡Darme un par de coces! Y no lo espero, ¿verdá Catalino?
Rosa.—¿Qué dice?
Balbino.—¿Dice que si usté gusta?
Rosa.—Gracias, hijo.
Balbino.—¡Ande come uno comen dos, no sea usté niña!
Rosa (Levantándose y marchándose.)—¡Anda y que te dé el viento, guasón! (Vase.)
Balbino.—Usté se lo pierde. (Mira el reloj.) ¡Cuánto tarda la Lucila! Voy a avisar que nos preparen la comida. (Mete al burro por la calle de la derecha y entra él en la taberna.)