Antonia (Gritando.)—¿Pero es que no nos vas a dejar en paz, so randa?... ¡so vago!... ¡Que maldita sea la hora que te conocimos!... ¡Dilo! ¡dilo! (Pausa.)

Valeriano (Que ha quedado en último término, adelanta con cachaza y le dice a Carmen en voz baja, casi al oído.)—Que no escandalice.

Antonia.—¡Habla, so chulo sinvergüenza, habla!

Carmen.—Madre, por Dios, no escandalice usté, que se asoma gente. (Se van asomando más vecinos por esquinas, puertas y ventanas.)

Antonia.—¿Y qué?... (A grito pelado.) ¿Y qué que escandalicemos? ¡Mejor! Así se enterará tóo el mundo, que no, que no, y que no lo quieres, no señor... ¡por granuja! ¡por golfo! ¡Eso es!... (A todos.) ¡Sí, señores, ya lo saben ustés!...

Serafín (Amenazador.)—¡Si no fuá usté una mujer!...

Antonia.—Pos si no fuera yo una mujer, ya hace tiempo que llevarías tú las narices con medias suelas: que por eso has abusao, so gallina; pero se acabó la ganga... Ya hay un hombre que nos defiende... ¡Uno!... ¡Ahí lo tienes!... ¡Atrévete ahora! (Señala a Valeriano.)

Valeriano (Al oído de Antonia.)—¡No me ponga usté en ridículo!

Serafín.—Ya he visto a ese señor, sí señora; y sé cómo se llama y todo: don Nadie.

Valeriano (Va hacia él con calma.)—Creo que hace usté mal en faltarme, joven.