Ladislao.—¿Quién sobra?

Balbino.—¡Tú!

Ladislao.—¿Yo?

Lucila (Imitando el balido.)—¡Síiii!

Ladislao.—Señor Balbino, si es broma...

Balbino (Levantándose.)—Ven aquí, obelisco de la morralidaz, diosa Cimbeles del honor: y tú que precipitas a una perdición a un pobre chico que le ves amargao de un desengaño, dime... ¿Aonde tiés enterrao el cadáver del que se fué a vevir con tu mujer y encima te rompió un brazo?... ¡Contesta!

Lucila.—¡Es una pregunta suelta!

Ladislao.—¡Señor Balbino, lo mío era otra cosa! Me engañó mi mujer y fué con un amigo, pero yo tenía un hijo.

Lucila.—Y no sabías de quien era... la culpa... ¿verdá?

Balbino.—¿Y aonde están los restos del que luego la puso una churrería, y del monecipal que la usufructuó tres meses, y del que la mantiene ahora?, ¿dónde? ¿Es en la negrópolis del Este, por un casual?...