Todos (Intentando detenerlos.)—¡No, no!

Antonia (Furiosa, deteniéndolos a todos.)—¡Sí!... ¡Sí!... ¡Dejarlos! (Se asoma Lucila a la taberna.) ¡Dejarlo que lo escalabre!... ¡Quieto tóo el mundo! (Volviéndose hacia donde se han ido.) ¡Rómpale usté la cabeza a ese golfo, pa que escarmiente! ¡Zurre usté a ese granuja!... ¡Así te hagan trizas, so hambrón!... ¡Sinvergüenza!... ¡Fuerte, dele usté fuerte!

Lucila (Frenética de ira, sale de la taberna, se lanza hecha una hiena sobre la señá Antonia, y la agarra del moño zarandeándola.)—¿Que le dé fuerte? ¡Toma, tía perra! ¡Toma!

Antonia (Aterrada.)—¡Jesús!

Carmen.—¡Ay, mi madre!

Antonia.—¿Pero quién?... ¿Quién ha sido?

Lucila.—¡Yo!... ¡Yo he sido, tía gamberra!

Antonia.—La arrastro. (La sujetan.)

Lucila.—¡Azuzar a dos hombres pa que se maten!... ¡Tía asesina! ¡tía chula! (A los hombres.) ¡Y vosotros, gallinas, que lo consentís!... ¡Cobardes!... ¡Granujas!... ¡Yo!... ¡Yo sola contra todos! (Empieza a tirarles verduras del serón que dejó Balbino a la puerta de la taberna, con una ira y una rapidez que les asusta.) ¡Tomar, tomar, blancotes!

Isabel (Huyendo.)—¡Ay, mi mantilla! (Se arma un escándalo monumental.)