Pepe.—¡Anda, sigue, sigue! (Antoñita sigue bailando hasta terminar el tango.)
Hablado
Polinio.—¡Ahí la gracia!
Los dos (Aplaudiendo.)—¡Bravo! ¡bravo! ¡Muy bien!
Prudencio (Con entusiasmo.)—¿Qué? ¿qué tal? ¿y el salero? ¡el salero!
Polinio.—¡Yo no he visto un salero parecido!
Antoñita (Sonriente y satisfecha.)—¡Tantas gracias!... Una servidora está alicortada. No sé cómo pagar a ustedes... Es algo de favor... Y eso que he bailao en suelo de madera, que el día que a una servidora le pongan linoleum... ¿Saben ustés lo que es linoleum?
Pepe.—¡Ya lo creo!
Antoñita.—Una cosa que se escurre... ¡pues ese día, que no se me agarren los pies, yo creo que arrebato!
Pepe.—Nada, chico, que esto en un París u en una Londres, nos traemos el dinero en camiones.