Feliciana (Llorando amargamente.)—Pero, ¡si se van!

Leovigildo (Con energía.)—¡Deja que se vayan! ¡Muérdete el corazón, pero tú aquí, a conservar la libreta! ¡Es tu deber serio y honrao! ¡Que se vayan! Pué que sea mejor; así probarán dónde está la verdá, si en las ilusiones tontas, o en el trabajo humilde y verdadero. ¡Y poquitas lágrimas!

Feliciana.—Es verdá. Tiés razón. Ellos lo quieren; ¡que Dios los ampare! (Sin dejar de sollozar.)

Parroquiano 2.º (Entrando.)—¿Me pueden afeitar?

Feliciana.—Sí, señor. Acacio, afeita a este caballero.

Acacio.—Pase aquí. (El Parroquiano se sienta en el tocador de la izquierda y Acacio le afeita.)

Leovigildo.—Y tú, a tu trabajo, como si tal cosa. Voy a hablar con el señor Román. Vuelvo en seguida.

Feliciana.—Gracias, Leovigildo. Pero, ¡esos hijos!... ¡ingratos!... ¡sin mí!... (Llorando.)

Leovigildo.—Adentro, a lo tuyo, y calma. (La lleva hasta primera izquierda.) ¡Hasta luego! (Vase foro. Acacio queda afeitando al parroquiano y limpiándose las lágrimas.—Cae el telón pausadamente.)

Empieza un preludio en la orquesta, y al terminar el motivo del tango, se levanta la cortina y aparece un telón blanco, y, pegado en él, un gran cartel de color que dirá: