Feliciana (Con furia.)—¡No hay quién!
Leovigildo.—No la echarán, porque yo desharé el traspaso devolviendo al señor Román las setecientas pesetas.
Prudencio.—Haz lo que gustes. Mandaremos por la ropa. ¡Hijos míos, la gloria nos llama! Yo os llevaré a ella. Vámonos de aquí.
Antoñita.—¡Madre, no sea usté tonta y véngase usté a la gloria!
Feliciana.—¡Prudencio, por Dios, mira lo que haces!... ¡Mira que si sales por esa puerta!...
Prudencio.—¡Es mi deber! ¡Adiós pa siempre!
Antoñita.—¡Adiós, madre!
Casildo.—¡Qué dirá el Ciruqui! (Vanse los tres foro.)
Feliciana (Llamándolos acongojada.)—¡Prudencio!... ¡Hijos!
Leovigildo (Sujetándola.)—¡Quieta!