Prudencio.—¡Sí, señor! ¡La he traspasao porque estoy cumpliendo un sacrosanto deber! (Enseñándole la coleta.) ¡En cambio, mira la mutilación bárbara que le ha hecho ese cernícalo a este monumento! (Enseñándole la cabeza de Casildo.)

Leovigildo.—¿Y le llamas monumento a una cebolleta?

Antoñita.—¡La cebolleta lo será usté!

Casildo.—¿Qué dirá el Ciruqui? (Con voz llorosa.)

Leovigildo.—¡Prudencio, vuelve en ti, reflexiona!

Prudencio.—No tengo na que reflexionar. Nos vamos de esta casa. Estoy decidido.

Antoñita.—Sí, señor; vámonos.

Casildo.—Nos vamos.

Feliciana (A Leovigildo.)—¿Pero estás oyendo?

Prudencio.—Y conste, que te echarán de la barbería.