Prudencio (Temblando de miedo y con voz acongojada.)—¡Ay, Polinio! ¿Que qué me pasa?... ¡Pues que a medida que va llegando la hora del debut de mi hija, me se está poniendo un amargor de boca, y tengo un vacío de estómago que me muero! ¡Mira cómo tiemblo!

Polinio.—¿Pero hombre, qué has hecho de aquellos bríos?

Prudencio.—¡Ay, no sé, no sé! ¡Ay, Polinio de mi alma, oye! ¿Tú crees en serio que gustará la chica?

Polinio.—¡Pues no ha de gustar! La chica es un asombro de gracia. ¿Qué digo un asombro? ¡un aspaviento!

Prudencio (Con voz entrecortada.)—¡Ay, Polinio, no te choque esta emoción! Tú no sabes lo que es ver a una celebridad y decir: ¡eso es un engendro mío!

Polinio.—¡Me lo explico! Y además que comprendo tu miedo; porque si por una de esas cosas, que no lo mande Dios, la chica no gustase...

Prudencio.—¡Calla, hombre! (Aterrado y nervioso le da un puñetazo.)

Polinio.—¡No, si hablo en pletérito! ¡Calcúlate tu situación! Sin dinero y sin barbería; porque aunque tu mujer siga con ella, con la Feliciana no hay que contar.

Prudencio.—¡Como que ayer me la encontré, me miró el saqué, se echó a reir y me volvió la cara!... ¡figúrate! (Se oye un gran rumor detrás del supuesto telón, rumor que remeda con la mayor exactitud al del público cuando invade un teatro: escúchanse entre el natural vocerío estas frases: ¡Acomodador... a ver mi asiento!—¡Caramelos y bombones!—¡El Heraldo!... Sin cesar en absoluto, se atenúan los rumores del público supuesto, para que no se pierda el diálogo.) ¡Ay! ¿oyes? ¿qué ruido es ese? ¿qué pasará? ¿qué es? (Impaciente.)

Polinio.—Voy a ver. (Se acerca, mira por el agujero del telón y dice con mucha alegría.) ¡La gente, la gente que entra!... ¡Ya están entrando!