Feliciana.—Bueno, ¿y al público, y al público?
Acacio.—Sí... sí, señora... al público, mucho... Sino que aunque ha gustado un poco, yo que usté en cuanto llegase a casa, lo que es las dos velitas de la Virgen, ¡puf! ¡puf!... (Hace la acción de soplar.) ¡Apagás!
Feliciana.—¡Pero, ay, no me asesines! ¡Habla! ¿Qué es lo que ha sucedío con la chica?
Acacio.—Pues na; tóo ha sío por culpa de uno; un guasón de patillas que estaba en delantera. Verá usté cómo ha pasao la cosa. Se alza la cortina, se presenta la Antoñita de verde, que estaba pa comérsela, con permiso de usté, y rompo yo sólo en un aplauso nutrido, y me sigue el público; ella, en vez de saludar, hace una cosa así elegante con la cabeza, (Imita el saludo de Antoñita.) como si estornudara, y va el guasón de las patillas y dice:—¡Jesús!—Y yo digo:—¡Fuera ese! y me sigue el público y le echan. Encomienza a bailar la chica, y en esto me veo que se la salía una cinta por la abertura de la falda... y van, y se ríen las butacas. La Antoñita, algo azará canta, se le va una nota que yo no sé si era un re o un sí, aunque creo que sí, y al dar el gallo, se armó el maremanun en el público. Risas, toses, patadas, ladridos... Ella se sofoca, se echa a llorar, yo aplaudo, me sigue el público; les llamo ¡cochinos!... y me sigue el público... me sigue el público y me da una paliza en el fuayere, con grabaos en el texto como salta a la vista. Y el final no lo he visto. No lo he visto por dos razones: primera, porque misté cómo tengo este ojo; y segunda, porque me echaron los guardias a la calle; y me he venido corriendo pa tranquilizarla a usté como lo hago; porque como gustar, la verdá es que la chica ha gustao. ¡Al menos a mí!
Feliciana (Que durante el relato anterior expresa con gestos el convencimiento del desastre, dice con energía.)—¡Bueno, no me digas más! ¡Lo que yo me temía! (Sigue furiosa como hablando consigo misma.) ¿Lo ves, infame, ladrón, asesino, mal padre?... ¿Lo ves? ¿Lo estás viendo? ¡Amarga es la leción... pero quién sabe si Dios lo habrá hecho! ¿Dónde habrán ido?... ¿Qué será de ella?... ¡Pobre hija mía! (Vase derecha.)
Acacio (Que ha dicho la anterior escena con el sombrero en la mano, intenta ponérselo de varias maneras sin conseguirlo.)—¡Rediez con el debutito! ¡Na, que póngame el sombrero como me lo póngamelo, me encuentro con una dificultad del tamaño de una nuez! No, lo que es como debute otro día, voy de mantilla. ¡Palabra! (Vase corriendo por la derecha.)
Mutación
CUADRO CUARTO
Plaza en los barrios bajos de Madrid. Desembocan en ella distintas callejuelas. A la izquierda; en segundo término, una puerta practicable cerrada, y sobre ella un rótulo que dirá «Barbería». Sobre la puerta cuelgan dos bacías de cartón. Es de noche. Los faroles de la plaza y de las callejuelas encendidos. La luna ilumina con suave claridad la parte izquierda del escenario.