Ignacia.—¡Así nos hubiéramos muerto tóos el día que puso los pies en mi casa!
Isidra (Llorando.)—¡Ojalá!
Matías.—Bueno; pues hace quince días, cuando ésta había ya empezao a hacerse el trunsó, averigüemos que Epifanio vivía maritalmente con Esperanza, la fiadora, y que la Esperanza lo mantiene... ¿Qué iba a hacer la chica? ¡Lo que hacen las mujeres honrás! Ella se destrozó el alma, y a él lo mandó... bastante lejos.
Eulogio.—Ya me figuro dónde.
Matías.—Bien; pues dende ese disgusto mi casa es un panteón de familia. Pero hoy es San Isidro, el santo de ésta, y esta mañana les he dicho pa animarlas: “¡Vaya, arreglar la merienda, que esta tarde vamos a ir a la Pradera!” Salgo a invitar a estos amigos, me los encuentro en la taberna, nos sentamos, y me veo en la mesa del rincón a Epifanio con el Rosca. Yo, como es natural, no le hice caso, y me dirijo a éstos, les hago la invitación, lo oye él y viene y me dice: “Señor Matías, cuente usté con un anfitrión más pa ir con ustés donde sea.” Epifanio, retírate, porque tú pa nosotros has caído en el panteón del olvido involuntario... ¡Me parece que la frase era elegante! Pues bueno; me se queda mirando de hito en hito y me da un papirotazo en la nariz que me hizo de estornudar, y además me agarra de la solapa y me dice: “Si va la Isidra esta tarde a la Pradera, al primero que baile con ella dígale usté que le hago un chirlo.” Me cegué, le dí así en la cara, nos liamos a golpes, salimos a la calle, y aquí fuera ya ha visto usté lo que ha sucedido... ¡Que me se ha achicao!
Eulogio.—No, si ya lo he visto. Bueno; ¿y qué van ustés a hacer?
Ignacia.—¿Qué quiere usté que hagamos? ¡Ir esta tarde a la Pradera! (Con resolución.)
Isidra.—Sí, señor; y bailar yo con quien se me antoje. ¡Pus no faltaba más!
Matías.—Poco a poco, poco a poco. Esta tarde no salimos de casa.
Paco.—Es lo cuerdo.