Ignacia.—¿Que no salimos?... ¿Pero le tiés miedo?...

Matías.—Mujer, es que...

Ignacia.—¡Cobarde! ¡Gallina! ¡Ma... Matías, no me hagas desbarrar! ¿Pero es que tú gozas en que ese zángano martirice a tu hija? ¡No! ¡Esto se ha acabao, hija mía, que todavía tié tu madre uñas pa sacarle los ojos al que quiera verte sufrir! ¡Iremos a la Pradera aunque sea solas!

Isidra.—¡Sí, señora, sí!

Ignacia.—Y bailará con quien le dé la gana; y tú, si tiés miedo, te quedas en casa; te quitas el bigote, te pones unas enaguas, y para cuando volvamos a ver si me lo tiés tóo fregadito. ¡Vamos, hija! (Vase a la casa.)

Eulogio (Yendo detrás de ella.) ¡Olé! usté es una persona mayor.

Matías.—Pero, ¿estáis viendo?... ¡Miá que es pusilánime el seso débil!...

Paco.—¡Va en carázteres!

Juan.—Déjalas que vayan solas si quieren, señor; nosotros podemos quedarnos jugando tranquilamente al mus.

Matías.—¡Quita, hombre!