Cafetero.—¡Hasta mañana! (Vase foro derecha.) ¡Cafeeé calienteeé... cafeeé!

ESCENA II

El Señor Prudencio y Antoñita. Al desaparecer el Cafetero, aparecen por el extremo de la calle del foro el señor Prudencio, embozado en su capa y Antoñita, arrebujada en un mantón, con una toquilla en la cabeza y un lío de ropa en la mano. Andan vacilantes y como temerosos de llegar a la barbería.

Antoñita (Llorosa y sosteniéndose en el brazo de su padre.)—¡Ay, padre de mi alma, yo no puedo más!... ¡Tengo un temblor y un frío!... ¡Yo no me muevo de aquí! (Se sienta en el quicio de una puerta al lado de la barbería.)

Prudencio (Muy conmovido.)—Pero oye, rica, ¿por qué no nos vamos en cá el señor Polinio, donde estábamos, y mañana de día vienes tú solita?

Antoñita.—¡Ay, no, padre; no se empeñe usté! ¡Yo estoy muy mala! ¡Yo quiero subir a casa! ¡Yo no estoy fuera de mi madre ni un menuto más, no señor!

Prudencio.—¿Pero no comprendes, hija, que después de lo que nos acaba de pasar y siendo tu madre dueña de la barbería, yo ya no puedo entrar ahí más que a que me pelen? ¡y carcúlate si me coge tu madre, me rapa!... ¡y con razón!

Antoñita.—¡Ay, qué temblor! (Tiritando.)

Prudencio.—Llamaremos al sereno y entras tú, ¿quieres? ¡Yo... yo voy a dar un paseo!... (Llorando.)

Antoñita (Se levanta y le abraza.)—¡No, padre; por Dios! ¿cómo se va usté a ir?