Prudencio.—¿Pero con qué cara entro yo, si esa casa ya no es nuestra, Antoñita?
Antoñita.—La casa no será de usté, pero es de mi madre, y mi madre es mía, y usté también es mío; y yo la hablaré, y verá usté cómo no nos echa; porque si nos echara, ¿dónde vamos a media noche y con la helá que está cayendo?
Prudencio.—¡Hija de mi alma!... ¿tienes frío?
Antoñita (Llorando.)—¡Ay! ¿por qué no habré gustao, padre?
Prudencio.—¡No, si has gustao, hija!... ¿pero crees que no has gustao?... ¡ya lo creo que sí!... sino que... vamos... te ha faltao eso que... ¿Quiés mi capa, hija? ¿Estarás helá con ese traje?
Antoñita.—No. Misté qué lástima, ¡se me ha roto todo! (Enseña el traje roto.) ¡Pero el frío lo tengo en los huesos!
Prudencio (Con ira, señalando a la barbería.)—¡Y esa madre infame y egoísta, ahí dentro, roncando!... ¡miserable!
Antoñita.—¡Ay!... ¡mire usté! (Asustada mirando al foro.)
Prudencio.—¿Qué es? (Volviéndose.)
Antoñita.—Dos hombres. (Aparecen en el foro discutiendo el Ciruqui y el Repollo Chico.) ¿Me querrán coger por lo del teatro? Arrímese usté... tengo miedo. (Prudencio la abraza.)