(Las del baile y el corro cantan a la vez.)
Avelino (Saltando.)—Ochocientos noventa y cinco. Ochocientos noventa y seis. Ochocientos noventa y siete...
Damiana (Riendo.)—Pero ¿qué hace este chico?
Rafael.—No saltes más, hombre.
Zoila.—Pero ¿qué furia te ha entrao de saltar, demonio?
Avelino (Para de saltar; habla fatigosamente.)—No, ¿sabe usté? es que le estoy batiendo a un amigo el rencor de la hora, en el salto a comba. Ya le he batido el rencor de la media.
Rafael (Riendo.)—¿De la media? ¿Y por qué no te subes el calcetín?
Avelino.—¡Ay, es verdá! (Se sube el que se le está cayendo.)—Esto, lo hago yo porque hemos fundao una Sociedad el gremio de ultramarinos que se titula: La dependencia azlética, y cada uno nos dedicamos a un sport. Yo, es por ver si adelgazo. (Sigue saltando.)—Ochocientos noventa y ocho. Ochocientos noventa y nueve. Nuevecientos. Nuevecientos uno... (Sigue saltando y contando.)
Damiana (Al señor Rafael.)—Dale, dale un poco de vino, que se refresque; que entre la corbata tan verde y la cara tan colorá, paece un tomate mollar. (El señor Rafael sirve vino.)
Julia (En el columpio.)—¡Que no me dés tan fuerte, que me voy a matar! (Chillando.) ¡Madre!... ¡Madre!