Nieves.—Déjalo que lo note. Lo que siento es que no venga Serafín, porque me hubiá gustao que le hubieses conocido.

Trini.—Sí; y pa verle tú, a mí no me la das. Pa mí, que ese tío te ha enguirlotao, Nieves.

Nieves.—¡No tanto, mujer! ¡Si no hace arriba de un mes que nos tratamos!

Trini.—¿Y dónde os conocisteis?

Nieves.—En el Cine. La noche que íbamos no me quitaba ojo en los intermedios; luego, con disimulo, se arrimó a nosotros y se hizo amigo de mi padre.

Trini.—Tu novio se habrá escamao.

Nieves.—Está que no vive.

Trini.—¿Y es guapo ese hombre?

Nieves.—Guapo y bien portao. Se conoce que hay guita; ya lo verás. Y es lo que yo digo, chica; un hombre así, aparte de lo que te guste es algo. Porque, sí que me da lástima de mi novio, pero ¿qué sacas con un pobre albañil? ¡Miseria y compañía! Y eso de estar agarrá toa tu vida a un mísero jornal, y no tener una mujer siquiera un trapo pa que salga a la calle y se luzca y la miren a una, no me hace, francamente.

Trini (Dirigiéndose a sentarse al tronco de la izquierda.)—En eso dices la verdad, chica. Pero, oye; ten ojo, que decían que era casao.