Nieves (Con despecho.)—¿A quién tengo?

Higinio.—A ese tío. ¡Ya estarás contenta!

Nieves.—¿A mí qué me importa ese hombre? (Le vuelve la espalda.)

Higinio.—¿Que no te importa? ¡Maldita sea! (Vase iracundo fondo izquierda; Nieves queda sola, sentada en el mismo sitio.)

Rafael.—¿Y cómo ha sido eso de venir tan tarde, amigo Melquiades?

Melquiades.—Señor, se ha cumplimentao la palabra. Dijimos que vendríamos al postre y hétetenos aquí.

Zoila.—Lo bueno siempre se hace esperar.

Serafín.—Lo bueno es lo que esperaba, señá Zoila. (Al ver sentada a Nieves y sola, hace señas de inteligencia a Melquiades.) Vamos a colgar los sombreros, con permiso. (Se separan del grupo y se dirigen hacia el fondo.)

Melquiades (Parándose a mitad de camino y aparte a Serafín señalando a Nieves.)—Ahí la tienes.

Serafín.—¡Más bonita que un sol!