y negros son los ojos

que a mí me matan.”

(Vuelve hacia el corro donde está Melquiades, después de dirigir a Nieves dos o tres miradas incendiarias, y dice a éste aparte dándole en el hombro.) ¡Tambaleada!

Damiana (Ofreciéndoselo.)—¡Un chatito, Serafín!

Serafín (Pasando a su lado.)—Siendo de usté, hasta con narices, señá Damiana. (Lo bebe.)

Melquiades (Aparte a Serafín.)—Pues ahora verás lo que te preparo. (En voz alta.) Pero ¿qué insipidez es esta, señores? ¿Es que no nos vamos a divertir ni se va aquí a jugar a nada?

Rafael.—Tiene razón el amigo Melquiades; estáis muy desanimaos.

Melquiades.—Vaya: le voy a echar una meaja de sal a la juerga. (Llamando.) ¡Niñas!... ¡Pollos!... arrimarse pa acá, que me se ha ocurrido un solaz modernista, para que nos divirtamos.

Todos (Acercándose bulliciosamente.)—¡Sí, sí! ¡Eso!... ¡eso!

Melquiades.—¿Queréis que organicemos un concurso de baile por parejas, con premios y tóo?