Ignacia (A la Isidra que llora en silencio y se limpia las lágrimas.)—¡Oye... tú! Pero, ¿qué haces? ¡Pus no está llorando!... ¡Pero Isidra!...

Isidra.—¡Déjeme usté, madre, déjeme usté!...

Ignacia.—Pero, ¿ve usté?...

Eulogio.—Pero, ¿qué quié usté que haga la infeliz?... ¡Vamos, que si fuera hija mía!... ¡Na, que le digo a usté, señá Ignacia, que su marido de usté es de clases pasivas! ¡Si ésta me tocara lo más mínimo... tiros había aquí!...

Ignacia.—¡Y tú ten formalidad algún día, y olvida ya de una vez a esa mala peste de hombre!... ¡Olvídalo!...

Isidra.—¡No quiero!... ¡No quiero olvidarlo... pa no dejar de aborrecerlo!... ¡Si yo no lloro por él!... ¿A mí qué? Si es la hiel y la rabia, que me ahogan de pensar que no tengo quién me defienda...

Eulogio.—¡Pero ven acá, so lila! Si tú has despreciao a tóos los que te se han arrimao... ¿quién va a defenderte? ¿U es que quieres que te defiendan por teléfono?...

Isidra.—Los he despreciao, porque yo he querido a ese hombre a cegar y no podía querer a otro, pero hoy...

Eulogio.—Hoy, ¿qué?

Isidra.—Créame usté, señó Ulogio, que hoy le haría caso al que se me acercara, a cualquiera que pase, al primero que llegue... (Con energía.)