Paca.—Vengo que muerdo. Y a mí no me sujetéis de que vea a ese chulo, que por la papilla que me han dao, ¡maldita sea la leña!, que le hago trizas.

Avelino.—¿Quié usté sentarse?

Paca.—¿Yo sentarme? Muerta descansaría yo, ¡mi perra vida! (Al hablar zarandea a Avelino, produciéndose en la cesta que lleva en la cabeza un gran ruido de cacharros que chocan entre sí.) Si no puedo parar, hijo; si no puedo. Si dende que vino aquí la joven y me contó lo que me contó, que me ha entrao una desazón que... vamos; si hasta creo que me han crecío las uñas. (Le zarandea más.)

Avelino (Sujetando el cesto con ambas manos.)—¡Mi madre!

Paca.—¿Usté ha visto pelar un pollo, pollo?

Avelino.—¡Por Dios, señora: el pedido!

Paca.—Pues menos tardo yo en desollar a ese ladrón, ladrón, más que ladrón. (Asombrada ante el creciente ruido de la cesta.) ¡Caray! pero ¿qué le suena a este hombre?

Avelino.—El pedido, señora; si se lo estoy a usté diciendo.

Benita.—¡Pero cálmese usté, por Dios!

Paca.—¿Que me calme? ¡Cuando le machaque los sesos a ese golfo! ¡Engañarme a mí!... ¡su sangre ladrona! Si son cinco hijos los que tengo: ¡cinco! ¿Por qué no le habré matao ya? ¡Maldita sea la leña! Tóo el santo día vendiendo repollos pa que el zanguango ese venga a hacer el pinta con las chuletas de aquí bajo. (Volviendo a zarandear a Avelino.) ¿De dónde lo voy a consentir yo; de dónde? ¡Antes voy a la cárcel, a la cárcel y a la cárcel! (A Benita.) Bueno; y este sonajero, ¿quién es?