Benita.—Aquí se debe hacer lo convenido: una leción a mi hermana, un escarmiento a ese tío y ¡Laus Deo!
Paca.—¿Ha dicho usté que deo? ¡Puño cerrao y me va a parecer poco! Vamos a entrar bailando usté y yo.
Avelino.—Bueno; pero mucho cuidao, que llevo un terno de lana dulce.
Paca (A Avelino.)—Usté, cuando estemos a tiro de vergajo, me suelta; que el resto de la suaré, es cosa mía.
Avelino.—¡Prudencia, por Dios!
Benita.—Yo aquí me quedo con la prole.
Paca.—Adentro. (Entran bailando.)
Benita.—¡Ahí va el agua! ¡Dios los coja confesaos! ¡Ya se acercan!... (Mirando al interior del salón.) ¡Aún no los han visto!... ¡Ya han reparao! (El organillo toca cada vez más despacio.) ¡El señor Melquiades se mete debajo de un banco!... ¡Serafín no sabe qué hacer!... (Comienza dentro un murmullo que crece.) Hablan... disputan... todos se arremolinan... ¡Saca el vergajo!... ¡Ay! (Se oye dentro un grito espantoso.) ¡¡En metá de los sesos!! (A partir de esta frase, el escándalo de dentro es formidable. Gritos, alaridos, ayes, etc. Voces de “¡Guardias!... ¡Socorro!... ¡Que se matan!...”)
ESCENA VI
Salen del salón hombres y mujeres chillando. Tuliqui, Melquiades, Viruta, Bernabé, que pasan a la izquierda; detrás Serafín, sin sombrero, cuello, ni corbata, cogido por la solapa de la americana por Paca la Fiera, que enarbola el vergajo. Detrás, Nieves, llorosa y aterrada, cuatro o cinco concurrentes del baile y Avelino, con toda la chaqueta rota por un costado y la manga. Todos salen trémulos y demudados. Benita se aparta para que salgan, y los Chicos se esconden bajo un velador. Otros concurrentes quedan en la misma puerta escuchando.