Venancio.—¿Cómo?...
Eulogio.—Regalándole, como obsequio, por su santo, dos tiestos de claveles iguales que aquellos. (Señala al balcón de la Baltasara.)
Venancio.—¿Pa qué?
Eulogio.—Tú obedece y calla, que yo me entiendo, y aguarda, que voy a llamarla.
Venancio.—¡No! (Deteniéndole.) ¡Por Dios!... ¡Hoy no! ¡No la llame usté, que no tendría valor!... ¡Otro día!...
Eulogio.—¡Qué otro día!... ¡Ahora mismo!... (Llamando.) ¡Isidra!...
Venancio.—¡No! ¡Por Dios! ¡Que si me la veo delante me muero! ¡No!...
Eulogio.—¡Tú te callas!... ¡Isidra!... (Volviendo a llamar.)
Venancio.—¡No!