Venancio.—¿Por qué?

Eulogio.—¡Porque te la he puesto yo en la horma!

Venancio.—Pero, ¿qué está usté diciendo?

Eulogio.—Que la he hablao de ti y que te espera. ¿Lo quiés más claro? ¡Y que es preciso que la hables en seguida!

Venancio.—¿Yo?... Pero... ¡usté me está volviendo tarumba, señó Ulogio! ¿Ella a mí?...

Eulogio.—¡Sí, señor!... ¡Lo de Epifanio se ha acabao, y vas a hablarla, pero, cómo, ahora mismito! ¡Voy a llamarla!

Venancio.—¡No! ¡Eh! ¡Estese usté quieto!... ¡Ahora no! ¿Qué voy a decirla yo ahora? (Deteniéndole.)

Eulogio.—¿Que qué vas a decirla?... Pues te arrimas a ella y la viertes estas frases en la oreja izquierda: “Isidra, aquí dentro tengo un corazón pa usté, y allá arriba un cuartito y un pedazo de pan pa los dos: ¿usté gusta?”

Venancio.—¿Y si me dice que no tié gana?

Eulogio.—¡La das un vermú; miá tú éste! Además, ¡hoy la pués caer en gracia!