Venancio (Con rapidez.)—¿De ella?... ¿Qué?... ¡Ande usté!...
Eulogio.—¡Venancio, vamos claros! ¿Tú deseas reirte de las aves que topan?
Venancio.—¿Yo?... Bueno, explíquese usté mejor, porque...
Eulogio.—¿Tú quieres a la Isidra?...
Venancio.—¿Quererla? ¡Es poco! Más que eso, señó Ulogio, ya lo sabe usté...
Eulogio.—Entonces, claro, con ese genio que tienes estás aguardando a que la chica un día se enfade, te saque de tu casa y te deposite judicialmente... ¿verdad?
Venancio.—Yo callo... porque... porque sé lo que es el mundo.
Eulogio.—¿Tú?... ¿Tú qué vas a saber? ¡Tú eres un mixto de pardillo y jilguero! ¡El mundo!... ¿Quieres saber lo que es mundo?... ¡Pues oye, y sácate una copia! El mundo, Venancio, en lo referente al amor, es talmente una zapatería: la juventuz es el escaparate, las mujeres son el calzao y el hombre, el parroquiano. Las mujeres, como el calzao, ca una tié una piel distinta... las tiés dende becerro (que Dios nos libre), hasta el charol más fino y reluciente. Ahora, que la mujer es un calzao que tié el defezto de que no lo hacen a la medida. ¿Qué tié que hacer el hombre?... Pues mirar por el escaparate y escoger a ojo, y decir aquel calzao es el mío, y entrar y disputárselo al sursum curda... ¿Me entiendes?... Bueno, tú has encontrao lo que te gusta, pues entra a cogerlo, cuéstete lo que te cuéstete, y cásate pronto, porque mira, chico, el hombre que no se casa, u sea el que no va calzao como Dios manda, tié que andar con chanclas toa su vida... y pa eso más vale que te coja un Miura, crémelo.
Venancio.—¡Pero es que ese calzao que usté me aconseja es de una piel mu fina para mí!
Eulogio.—¡Quita, primo! ¡La Isidra te está que ni pintá! ¿Y sabes por qué?